Te conté y mande fotos de como disfrute mi tiempo en Oxford, caminando calles empedradas con librerías con cajones de fruta en la calle y poblada de estudiantes trabajando de mozos y mozas para pagar sus alquileres. Pare en una encantadora pensión sin conserjes con cuartos con chimenea sobre una bicicletería. Pero te cuento más otro día.
Que decirte mis sorpresas cuando me encontré con ese Oxford que camine de arriba a abajo -una ciudad chica, un "college town") en una
serie británica en Netflix (o alguno de esos cines digitales de nuestra Lavalle
de ahora) llamada Endeavour -por el apellido de su protagonista, el detective
Morse Endeavour, un estudiante doctoral que deja las tocas por la brigada criminal-)
que -además del placer de los actores de carácter y las alusiones y guiños literarios
y musicales- me trajo muchas reflexiones sobre nuestros años sesenta y tempranos
setenta, cuando nos conocimos.
Primera sorpresa: me gusto una serie. No soy
lector de novelas (cuentos antes, sonatas antes que sinfonía, trios o quintetos
antes que sinfónicas o big bands) pero quede atrapado por la estructura del relato
que -bajo un barniz policial impecable- pasa de Agatha Christie a Chesterton y
porque no Borges y Bioy Casares. Tres capítulos por temporada, cada uno un acto
de teatro: primero, segundo y tercero con cierre como el Bardo del Avon manda.
Segunda sorpresa: los personajes -todos, hasta
los secundarios y los criminales y victimas- son personas, no personajes, con carácter,
ideas (buenas o espantosas), planes (diabólicamente y humanamente fallidos) y
sobre todo ¡dilemas éticos! Te acordas? Como nosotros los no hollywoodenses ni
youtubenses seres humanos. Esos que contas en tus novelas y yo en mis cuentos.
Se mueven por deber, culpa y arrepentimiento, y se llevan lo que se labran, como
en la realidad, sin la intervención de superhéroes. Los detectives tienen sus propios
problemas y erran seguido actuando como lectores, espectadores y testigos de
los dramas y problemas que descubren.
Tercera sorpresa: la elegante y poderosa fuerza
dramática de la sobriedad cinematográfica: miradas, pausas, silencios, sonrisas
y gestos de dolor, miedo, felicidad o angustia esbozados como La Gioconda.
Manos y labios que no llegan a tocarse, abrazos reprimidos, sexo postergado por
amor, amor interrumpido por sexo o alcohol. Ahí están Romeos y Julietas,
Macbeths, y sobre todo muchos hermosos, defectuosos y humanos Falstaffs. La cámara
cuenta sin moverse al pedo, encuadrando cada escena como un Vermeer (si, se me va la mano, pero comprende
mi sorpresa al encontrar estos Truffaut / Hitchcock en el desvan de los Smart TV
y los insoportables culebrones digitales como Succession. Aguante!)
Epilogo (ya me gaste los tres actos): escucho
las líneas que el personaje de mujer disfrazada de ninia de Mariel Hemingway dice
al viejo adolescente Woody Allen en Manhattan: “no todo el mundo se corrompe,
Woody”, al tratar de explicarle lo que es querer como para esperar.
Espero que la veas. O que la hayas visto con mis
ojos prestados, amigo.
La seguimos.

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