Tras la introducción del Mudo, comienzo:
Como el que se fue sin que lo echaran, como los novios y los cobradores, aquí estoy, aterrizado de nuevo en Buenos Aires. Me la llevo a Marzo, como ven, a contramano de los que hacen fila para pasar los carnavales en otra parte (se agradece), aterrizado tras 20 horas de viaje en las calles vacías del domingo para -tras un par de porciones de Guerrín y unas 5 horas de recupero de sueño- ver a Messi en el Barcelona y dar unos pasos -siempre vacilantes- en una nueva dirección.
Se trata de -agárrense- escribir en serio. Empiezo en Abril un curso con Gotham Writers, del New York Times, para escribir artículos -otra que se agrega a las finanzas en Chicago- y -más importante-, descubro lo que viene a ser este bulo al que -considerando sus espaciosos 44 metros cuadrados- bautizamos apropiadamente "La Pulga".
Se trata de algo que los anglosajones -que hablan mucho menos pero entienden mucho más- llaman un "writing hut", es decir -traducción de mi sentido mediante-, una "cucha para escribir".
Que es lo que estoy haciendo ahora antes de volver al sobre.
Claro, ya sé, comenzar por la cucha para escribir es como comprarse una pelota siendo un patadura. Bueno, por algo se empieza -incluso los que, como el suscripto, se despabilan un tanto tarde-
Aquí la del amigo Thoreau -
nuestro "abuelo maldito"- con sus tres sillas: una para la soledad, dos para compañía y tres para sociedad-

Y la de Bernard Shaw, con escritor incluído

Bueno, ya veo de qué se trataba cuando -contra todo principio de logística (ni Thoreau ni Shaw se mandaban 8,000 kilómetros para llegar a sus cuchas) y finanzas-, adquirí La Pulga.
Fue -curiosa causalidad, carne de diván- flechazo a primera vista: el primer depto que vi -en ese momento decorado con un espejo y un sofá solamente- de una serie que puntillosamente visité en 2005, cansado de pelear con los murciéloagos en la casa de mis viejos en Sarandí y con los cambios de departamentos alquilados con la que inicialmente la reemplacé.
Se ha portado bien, cumple con las reglas del arte -que ahora me han sido reveladas-: distancia mínima (tres pasos tres) del sofa a la mesa de escribir, de la mesa a la cocina o el catre, biblioteca a proa, impresora a babor, delivery de provisiones a estribor(teléfono), bar a popa.
Y como si fuera poco, 8,000 kilómetros de distancia de las interrupciones no deseadas, pocos pasos de las interrupciones que deseo, es decir, ustedes.
Llamen, desgraciados, asi pongo el agua para los ravioles. Y prueben.
Tengo al menos tres sillas y un mantelito y un buen mazo para truco.
Aqui los dejo con unas imagenes de mi cucha -como cerraban los noticieros del cine-