domingo, 29 de mayo de 2022

Epifania: El viento que me vino a buscar


Hablamos algunas veces de Chesterton y del inicio de "Manalive" (cuya traducción como "Hombrevida" es inadecuadamente literal: debería ser "hombre que esta vivo"- "alive"). Yo admiro a Chesterton especialmente -vos,  Mario (esto es para nuestros lectores que no saben que estoy continuando una de nuestras queridas conversaciones) , veías con tu mirada realista al católico antisemita y yo como de costumbre al excelso cuentista y polígrafo-

Me refiero a la llegada del viento del Este al inicio de esa novela, que aqui te leo como si estuviéramos en Marcelo T de Alvear charlando a deshoras y (vos) tomando un vino;

Como llegó el gran viento a la Casa del Faro 
Se levantó un fuerte viento en el oeste, como una ola de desenfrenada felicidad, y marchó hacia oriente por sobre Inglaterra, arrastrando consigo el helado perfume de las selvas y la fría borrachera del mar. En miles de rincones confortó al hombre como una bebida y lo sorprendió como un sopapo. Por entre follajes y enredaderas, en las piezas más íntimas de casas intrincadas, surgió a manera de explosión doméstica, y, desparramando por el suelo los papeles de algún profesor, los hacía tanto más preciosos cuanto más fugitivos; o apagando la vela a cuya luz un muchacho leía "La Isla del Tesoro", lo sumía en tinieblas pavorosas. Pero por todas partes llevó drama a vidas poco dramáticas y paseó por el mundo la trompeta de la crisis. Más de una madre afanada en algún estrecho patio interior había mirado cinco camisas enanas en el alambre del tendedero como quien mira una especie de tragedia mezquina y nauseabunda; era como si hubiera colgado a sus cinco hijos. Vino el viento, y quedaron infladas, dando pataditas, como si de un salto cinco diablillos gordos se hubieran metido dentro; y ella, en los fondos de la subconsciencia oprimida, recordó vagamente aquellas burdas comedias del tiempo de sus abuelos cuando todavía moraban los elfos en las viviendas de los hombres. Más de una muchacha inadvertida en un oscuro jardín tapiado se tiró sobre la hamaca con el mismo gesto intolerante con que hubiera podido tirarse al Támesis; y aquel viento rasgó el muro ondulante de los bosques y alzó la hamaca como un globo, haciendo ver a la joven formas de nubes curiosas allá lejos y cuadros de alegres pueblitos allá abajo, como si navegara por el cielo en un bote de hadas. Más de un empleado o cura polvoriento, trillando una calle telescópica de álamos, pensaba por centésima vez que parecían penachos de un coche fúnebre; cuando esta energía invisible los cogió y los agitó y los batió alrededor de su cabeza como una guirnalda o como un saludo de alas seráficas. Había algo en él aún más inspirado y autorizado que el viejo viento del refrán1; porque éste era el viento bueno que a nadie le sopla daño. La racha voladora hirió a Londres justo donde empieza a escalar las alturas del norte, terraza sobre terraza, escarpada como Edimburgo. Alrededor de este sitio, cabalmente, un poeta, ebrio quizá, miró azorado hacia todas estas calles encaminadas rumbo al firmamento, y (pensando confusamente en ventisqueros y en montañeses ensogados) le dio el nombre de Chalet Suizo del que nunca ha podido librarse. 

Y así me tomo una hemiplejia (stroke) de golpe mientras nadaba mi vigésimo largo en una pileta del barrio de Florida donde huimos del invierno de Chicago, paralizando mi lado izquierdo como un rayo invisible salido de lo azul de un cielo sin nubes en la madrugada. 

Eras vos llamándome? No lo se y por las dudas nade y salí como pude como buen agnóstico. Lo dudo. Nunca fuiste inoportuno ni tampoco entusiasta de la muerte, que sabias te seguía el rastro de tus genes. Pero quien sabe? A lo mejor te aburrís en ese lado como Schlomo esperando a Max para seguir la partida de ajedrez que su amistad tiene como excusa. Yo me aburro como una planta sin luz aquí donde sobra el sol y la nada del retirado en la arena, en un eterno domingo de repeticiones sin sparring filosófico.

Salir  es un decir: mas bien entre a una parálisis de varios meses en mi mano izquierda (de ahi las imágenes de Michelangelo y de Escher) de la que estoy saliendo trabajosamente, arrastrando mis lentos dedos izquierdos para que trabajen siguiendo a la briosa e impaciente derecha hasta que aprendan o me acostumbre.

Se que esta es otra de mis pruebas, que el mundo me ha quebrado como avisaba Papa Hemingway:

“El mundo quiebra a todos y luego muchos son fuertes en los lugares rotos. Pero esos que no quiebra, los mata. Mata imparcialmente a los muy buenos, a los muy amables ya los muy valientes. Si no eres ninguno de estos, puedes estar seguro de que también te matará, pero no habrá ninguna prisa”.

― Ernest Hemingway, Adiós a las armas

Y eso confirma mi idea de que me quiebro, que no soy, a diferencia de un mensch como vos, de los que el mundo se apura por matar. Aquí estoy para algo, algo que aun no conozco y es otra valla por saltar, otro rio por vadear.Para que? Para llegar adonde? No es mas bien tarde e inutil? me grita mi tribuna. Porque no tengo nada mejor que hacer, porque me muero de aburrimiento, contesto por ahora, porque nunca supe bien llo que queria, pero se siempre lo que no quiero. Como el tiburon, necesito ponerme en accion con mis aletas (en mi caso mentales como estos dedos despertando como la Bella Durmiente) para no asfixiarme. 

El rayo que me partio me confirma, como las manos de Escher que Aurora me regalo de pibe desilusionada con mi eleccion de una carrera llena de gente que ella veia mediocre como Ciencias de la  Educacion, que es hora de sacarme los mandatos (y los mandados) y tirarme a la pileta de nuevo a escribir.

O me ahogo o nado. 

En cualquier caso se que seguimos la misma ruta.

Aqui va Escualo de Piazzolla -que dice lo mismo que trato de explicar pero mejor- a modo de yapa y cierre (hasta la proxima)

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