viernes, 11 de febrero de 2022

El tio Tati

Jacques Tati entro en mi vida cuando aun no iba a la primaria. Fue en el micro cine del Hogar Obrero de Rivadavia, un pequeño salon sobre la entrada de la calle Rosario. Allí algunas de nuestras madres -como llamábamos a las mamas de quienes jugábamos en una inmensa terraza sobre el techo del que era el supermercado de la Cooperativa socialista que construyo y manejaba el edificio de departamentos de alquiler. 

No fue el único que algunas de nuestras madres cinéfilas eligieron para infectarnos de cine de arte para toda la vida. Llego con Marcel Marceau, Norman McLaren y cortos de directores desconocidos exhibidos en un proyector de 16 mm en latas que llegaban supongo - era muy chico para saber y muy tímido para preguntar- de alguna cinemateca como la que luego se instalo en el SHA.

Pero estos eran los años cincuenta y no teníamos television (eso llego después sobre el borde de los sesentas y nunca lo relacionamos con nuestro cine).

Nuestro cine de barrio, el cine Moreno, quedaba cruzando la calle Hidalgo y allí veíamos series de tres largometrajes en continuado, como se llamaba entonces a lo que se podia ver de 13 a 22 con un solo boleto y la suficiente ansiedad por escaparnos del mundo de la escuela matutina al de los cuentos filmados de Hollywood.

Pero Tati no estaba allí, ni siquiera en el "acto vivo" en el que algún comediante o interprete se sometía a las torturas de los silbidos, burlas y pataleos de los que veníamos a ver las películas.

Tati estaba en esa misteriosa salita y quedo desde entonces en mi imaginación como el modelo de lo que seria el Paris en el que vivían por aquel entonces mi tía Aurora y mi tio Julio que nos venían a ver en barcos de la marina mercante ELMA que por aquel entonces aceptaban pasajeros. 

Mon Oncle, Mi Tío fue para mi un hermoso sueño de un barrio lirico donde había perros atorrantes, vecinos que charlaban en medio de la calle, caballos con carros y tíos distraídos y graciosos.


Había en el Caballito de mi infancia casi todo eso menos un tío Hulot o sus equivalentes. Mis tíos no vivían cerca y los que venían frecuentemente eran hombres grandes y serios que no se vestían ni caminaban en forma graciosa o creaban situaciones risueñas. 


Había eso si, pibes atorrantes como los de Tati. Nosotros en el Hogar Obrero dejábamos caer bolsas de celofán con agua sobre desprevenidos caminantes de la calle Rosario, o mejor aun, hacíamos bombardeos estratégicos sobre la terraza del Jardin de Infantes escondiéndonos tras cada lanzamiento detrás de la ventana abierta del departamento de nuestros padres que obviamente mojada por las bolsitas nos delataba.

Tati también me trae ahora el recuerdo de las vacaciones en hoteles de la costa en lugares como Miramar u Ostende, que tenían mas el aire de los que aparecían en las inolvidables Vacaciones de Monsieur Hulot:


El tío Tati dejo pequeñas joyas del cine para recordar un mundo que solo esta perdido para quienes dejan de soñar despiertos, esa costumbre que distingue a los Hulot de quienes sucumben al confortable sopor del sentido común, ese que lleva a todos al mismo lado. 

Porque Hulot era una persona singular que con su entusiasmo y su falta de atención al largo de sus pantalones y la eficacia mecánica de sus autos y artefactos no tenia ningún temor de salirse de las lajitas que marcaban la coreografía de las casas corbuserianas o de correr con los perros callejeros que marchaban a contramano de las sendas pintadas en el pavimento.

Ese mundo de Tati tenia baldíos con pasto alto y salvaje, faroles antiguos de luz tenue y sobre todo, un desorden natural de foto de Cartier Bresson que me viene a la mente cada vez que pienso en Tati o en mis amados rincones del Cazador en Escobar o las excursiones de camping y pesca a la Laguna de Monte.

Esta todo ahi, dentro de los que lo vivimos y los que no pero pueden imaginarlo gracias a las películas del tío Tati. Habría que proyectarlas en un telon bajo un arbol para verlas como corresponde, con un picnic sobre el pasto de una plaza.



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