Hice nuestro primer campamento en las dunas de Indiana, y te convoque con un fuego en medio de los abedules, dejando que el humo suavemente se elevara como señales de humo para avisarte como cuando nos citábamos por WhatsApp o por el teléfono de Marcelo T.
Funciono. Pude comprobar que no te vas a ir hasta que yo te olvide, y que puedo imaginar tu voz, tus ironías y tus frases con solo mirar al fogón consumirse como lo hacíamos en el fogón imaginario que era, que es, la mesita de café (ratona, dirían los porteños viejos) en torno a la que pasábamos noches en vela en Marcelo T, pensando juntos, escuchando a Piazzolla o viendo películas y fragmentos en el improvisado micro cine que arme con mi viejo proyector de conferencias y un bastidor para pintar murales que hacia la pantalla perfecta.
Puse también un vivac y debajo una carpa que resulto china berreta y reemplazare en la próxima con una mas ortodoxa. Desde allí empecé a pensar y escribir en mi mente aquel cuento en ingles en el que los dos amigos separados por la desaparición y la muerte se vuelven a encontrar sin saber bien que es lo que pasa entre esos dos mundos.
Yo por mi parte recuerdo cuando hablamos muchas horas de ese cuento, en el que me imagino esa relacion -esta que tenemos ahora- como la del pescador y el pez en la lagunita escondida, separados sus mundos por el velo del agua quieta, solo rasgado por el enigma del anzuelo que por un instante revelara a cada uno la presencia del otro, hasta que -como en la serie inglesa A Passion for Angling (que alguna vez te mostré)- el pescador devuelve el pez al agua como tus hijas devolvieron paginas de tu ultima novela no terminada a tu querido mar como barquitos de papel, con canción y todo.
Mirando los abedules y las estrellas, yo, que soy mas criatura de bosque que de mar no pude evitar pensar que nuestros encuentros nos hacían tan dichosos y despreocupados, tan libres y adolescentes como nadar en el seno liquido del que todos venimos y al que por una vía u otra volvemos.
Vos hubieses evocado la apertura de La Muerte en Venecia de Visconti, yo la Quinta de Mahler que la acompaña, ambos viendo por enésima vez esa reflexión sobre los tormentos y las dichas de la belleza del arte y el pensamiento en el microcine improvisado con un proyector y un bastidor gigante de pintura en Marcelo T. donde veiamos y volviamos a ver nuestras interminables listas de peliculas memorables, en DVDs del ya desaparecido Liberarte.
Me preparo para volver pronto al bosque y tarde o temprano a Marcelo T para seguirla.
Un abrazo, amigo Mario
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