miércoles, 11 de agosto de 2021

Hola Mario

         

Juntos cantamos muchas veces "para saber, como es la soledad... tendrás que ver que un amigo no esta. Que nunca mas, podrás con el hablar..." 

A duras penas puedo escribir esas estrofas sin lagrimear porque ahora son realidad.

Nunca quise pensar en que algún día nos separaría la muerte. 

Vos pensabas en eso todo el tiempo y en tus últimos años te preparabas con ayahuascas, lecturas de la Torah y de la tradición judía. 

Te fuiste sin darte cuenta, que es la forma -me dicen- que mueren los justos.

Yo, sin embargo, siempre te dije que la muerte era el olvido, no la separación física. Es solo parcialmente cierto, pero consuela. 

Empezamos este Blog allá por 2004 o 2005, cuando volví a la Argentina y te reencontré, o para decirlo mejor, me encontraste buscando por los lugares mas espinosos de mi partida. Encontrarnos fue lo mejor que me pudo haber ocurrido en la vida. 

Y me refiero al primer encuentro, allá cuando teníamos 17 y nos fuimos de campamento juntos a Tandil, justo en la semana en la que el hombre hizo pie en la Luna, evento que escuchamos por una precaria Spica sentados alrededor de un fogón y mirando la Luna en el cielo estrellado con nuestras guitarras y compañeros de adolescencia. 

Escribí estas palabras que fueron leídas en tu despedida por tu familia:

Mario fue una parte fundamental de mi vida y de la de muchos otros que lo conocieron y no pueden aceptar que no este para hablar con el, para encontrar su ternura, su inteligencia y sobre todo su sabiduría. Fue un verdadero menscht -esa palabra que me enseñaron mis amigos judíos ya de grande para describir a aquellas personas que dejan mucho mas a los que los conocieron de lo que se llevan.

Mario tuvo una vida plena y la vivió no solo intensa sino generosamente. Y yo fui uno de los beneficiarios. 
Pasábamos noches y madrugadas en cafés, restaurantes, y sobre todo en mi pequeño departamentito de Retiro en conversaciones inolvidables, que eran como improvisar música de jazz, o tango. Como Reunión Cumbre, de Piazzolla y Mulligan que aun no puedo escuchar sin recordar esas veladas desveladas de las que salíamos descansados siempre con ganas de volvernos a ver. 
Leímos Walt Withman en los médanos, recorrimos Uruguay en auto, cantamos por la sopa en la Gesell de los setenta, escribimos artículos juntos que yo traduje y publique en ingles. Oímos llegar el hombre a la Luna sentados en un fogón con una spica. Caminamos Buenos Aires hasta que saliera el alba reinventando el mundo, mientras parábamos en bares y restaurantes. 
Con su ternura y su nobleza, Mario creo una hermosa familia, un tejido de amigos de todos los pelajes que eran tan nobles, dispares e interesantes como el. Vivió la vida plenamente, y al final, pensábamos hacer un viaje por la ruta 66 que hare con el de fantasma acompañante. 
Porque nadie nos deja sin que lo olvidemos. 
Y a Mario ni lo puedo ni lo quiero olvidar 
Hasta la próxima, hermano Mario. 
Mariano (El Flaco)

Y quiero que  esta sea la primera de las veces en que nos encontremos no solo dentro de mi departamentito de Buenos Aires sino dentro mío, dentro de mi desvelada cabeza.

Porque sigo en ella dialogando con vos, imaginando conversaciones hilvanadas entre tu imaginación y la mía, como dos músicos de jazz tocando sin publico, por el placer de la música y la improvisación compartida. Te voy a seguir diciendo cosas, y seguramente imaginando tus respuestas.

Voy a volver a acampar en estos bosques tan lejanos de Tandil o Gesell pero tan cercanos como una carpa, unas estrellas, el silencio del bosque o el fuego de un fogón. Viajare por la ruta 66 como nos habíamos imaginado haríamos pronto, con vos de acompañante. 

Lo prometo, amigo Mario. Nos estamos viendo aquí y en Buenos Aires.

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