martes, 5 de enero de 2010

Buenos Aires que se va... y se queda



Miguel Angel se fue con el 2009, en el caluroso diciembre. Lo encontró el portero de su pensión sobre Avenida de Mayo, alertado por los que lo extrañaban en su puesto de batalla, sentado como el linyera oficial en la entrada de Liberarte, en la calle Corrientes.

Éramos amigos desde que volví, riéndonos de las típicas gansadas y locuras porteñas, intercambiando ácidas ironías ("el hambre avanza" -nuestro saludo oficial-, "cansado de tantos éxitos" -la habitual respuesta a "cómo te va"-, "sobrevuelan los albatros" -nuestro veredicto sobre el futuro inmediato).

Tenía una melena y barba canosa que lo hacían parecer una réplica porteña de Carlos Marx instalada frente a la librería del PC, tachonada de esas reliquias ideológicas que -como el tango- obsesionan a los porteños de mi generación.

Cuando lo veía -un Carlos Marx sentado en la vereda sosteniendo el edifico- no dejaba de preguntarle al librero cuándo le iban a pagar los derechos de autor del abuelo -por supuesto, tratándose de viejos comunardos, tenían entrenados cocodrilos en los bolsillos y me miraban con cara de "qué tomaste?, acá vendemos libros sobre la revolución social, para uso externo"-

Miguel Angel era un hermano de la calle porteña, un tipo fino, humoroso, que vivía como un pez en un rincón de su laguna, saludando a los que le importaban y quería con un abrazo antihigiénico (no creía en las duchas) que iniciaba diálogos irónicos que convertían la calle en una extensión de La Paz.

Se fue, le pusieron una placa para recordarlo.

Me ganó de mano -aunque sabía de mi pedido de que tiren mis cenizas en esa precisa esquina con música de funeral de jazz-. Aqui les dejo la inquietud:

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