"La adolescencia es la patria del hombre" me dijiste alguna vez, amigo Mario, y me pareció exagerado. Claro, era una de esas veladas hasta la madrugada filosofando y divagando en nuestro "bunker" de Marcelo T., ese pequeño templete que hicimos para la diosa Amistad (que por supuesto tiene que ser mujer)
Claro, apenas tenia cincuenta y tantos y vos ya andabas pensando adelante despues del golpe de la muerte súbita de tu hermano menor, que te dejo avisado y sabio para siempre de lo que decía Horacio en su Carpe Diem:
No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a ti y a mi, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos escollos.Sé prudente, filtra el vino
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No te fíes del incierto mañana.
Llevo 70 años entender todo lo que querías decir.
Hoy escribiéndonos con Gerardo, mi otro amigo intimo de esa época me doy cuenta que esa amistad temprana, nacida de la inocencia ilusionada de la adolescencia, opera ese mágico retorno al estado de gracia de los 17, no importa el tiempo.
Y ya que estamos, quiero creer que cuando eso ocurre estas ahí, están todos los que se hicieron la rata de esta vida, mirando juntos el fuego de un fogón que solo se apaga cuando nos vamos del todo, que solo es cuando no queda nadie que recuerde lo que sabemos.
Y no para recordar el pasado -ese que siempre mejora con los años como los pescados en los cuentos de los pescadores- sino para volver a jugar en el arenero de la imaginación, que también mejora con el tiempo. Esa, claro, es la diferencia entre el álbum de fotos y una noche de charla a los setenta (se aceptan jovenes viejos de todas las edades) con el entusiasmo y la imaginación desatada de los 17.
Carpe Diem
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